Lo primero que pensé fue tratar de comer menos carne… Quién sabe por qué pero aparte de eso, las ensaladas se me antojaban sobremanera (de hecho se me siguen antojando). La lechuga, el jitomate, las zanahorias y el aderezo ayudaban a cumplir mi reto…
Entonces con las ensaladas, con tortillas, con cereal, con fruta y con frijoles ya ni siquiera me acordaba de la existencia de la carne. De hecho un día mi mamá me dijo que si quería comer cochinita pibil y yo le dije que no.
Y fue ahí cuando me di cuenta de que ya despreciaba la carne por instinto.
¿Me estaré volviendo vegetariana? ¿Sufriré de desnutrición por la falta de carne? ¿Le quitaré el peperoni a las pizzas? ¿Qué pasará cuando me inviten a comer tacos? Ésas y otras preguntas rondaban en mi cabeza.
La verdad, el término de “ser vegetariana” no me gusta y no quiero formar parte del clubcito universal. Fue por eso que decidí hacer un pequeño esfuerzo y hoy comí un poco de atún para romper la costumbre de 3 días sin comer carne... Me gustó pero me sentí un poco rara.
Es que volverse vegetariano es más fácil de lo que parece. Quizá en un principio te dé tentación probar la carne, pero si haces como que no existe y comes otra cosa, te irás acostumbrando. Y en menos de lo que piensas, ya puedes vivir sin comer carne…



